jueves 25 de diciembre de 2008

La Piedra Molesta

 La piedra molesta

Por Por Marisa Avigliano

 viene de Pagina 12

www.pagina 12. com.ar

La figura de Sabina Spielrein –tanto en su rol de paciente como en el de psicoanalista teórica– tuvo una influencia decisiva en el derrotero del psicoanálisis. Pero a pesar de sus trabajos pioneros, quedó en la historia como la paciente histérica con la que Jung tuvo un escandaloso romance. La biografía Sabina Spielrein de Jung a Freud, editada recientemente por El cuenco de plata, saca a esta intelectual del oscuro diván donde tanto los historiadores como sus mismos colegas quisieron dejarla tirada.

 

Sabina Spielrein marcó una huella reveladora en la historia del psicoanálisis. Pionera del psicoanálisis infantil, fue una de las primeras mujeres teóricas de modo significativo y minucioso. Sin embargo, cuando se habla de ella casi siempre se dice que fue la paciente histérica que se enamoró de Jung, su psicoanalista, y la que puso en jaque la relación de éste con su maestro Sigmund Freud. Nadie recuerda los títulos de sus investigaciones pero sí las gotas punzantes que regaron los detalles del escándalo. Pero basta ya, porque Sabina Spielrein no es sólo uno de los vértices de un triángulo donde dos hombres, que disputaban poderes en pleno desarrollo científico, juzgaban y analizaban a la mujer prototipo.

Los escombros no siempre son desechos. En 1977, en el Palais Wilson de Ginebra, mientras se hacían reformas en el edificio del Instituto de Psicología, se encontró –en el sótano, por si era necesario justificar un mejor escenario– una pesada valija castaño oscura que, además de algunos escritos personales de Sabina, guardaba el erario indiscreto: el intercambio epistolar con Sigmund Freud y C. G. Jung, ochenta maravillosas cartas y postales manuscritas entre 1908 y 1923. Pero eso no es todo, al triunfal vestigio se suma el Diario que Spielrein escribió entre 1909 y 1912. El hallazgo hizo posible al fin que Sabina dejara de ser una nota al pie en los escritos de Freud, Gross, Firenczi y Klein.

Como era lógico, no tardaron en llegar las biografías, películas, documentales y adaptaciones teatrales. Desde entonces se han reeditado y publicado en alemán, inglés y francés sus trabajos científicos, varios de sus artículos y monografías y, como no podía ser de otra manera, también su historia clínica y esquelas familiares.

Tras seis años de investigación, la psicoanalista Sabine Richebächer, oriunda de Dusseldorf escribió en el 2005 Sabina Spielrein de Jung a Freud, editado ahora en la Argentina por El cuenco de plata. Como en toda biografía, habrá que correr la mirada hasta encontrar lo que buscamos, esta experiencia oftalmológica salteará apellidos y ciudades en pos de una cita ejemplar y atractiva que justifique la elección del personaje. Richebächer se detiene con acierto en intervalos sociales, guerras y geografías que marcan no sólo la semblanza de Spielrein sino la del siglo XX.

 

La niña dificil

 

La historia de Sabina empieza y termina en territorio ruso, nació en Rostov, la llamada puerta al Cáucaso, a orillas del río Don, en el sur de Rusia, el 25 de octubre de 1885 y allí murió asesinada por los nazis en agosto de 1942.

Educada en el seno de una familia burguesa ilustrada, hija de un comerciante y una odontóloga, Sabina, la mayor de los cinco hijos del matrimonio, fue una nena inquieta y curiosa alquimista a la que le preocupaban muchos temas, entre ellos, los americanos. Así lo escribió en uno de sus primeros diarios: “Como la tierra es una bola, debían caminar por debajo de nosotros con la cabeza hacia abajo y las piernas hacia arriba”. No fue extraño entonces que durante mucho tiempo Sabina estuviera cavando laboriosamente un hoyo en la tierra y preguntándole a su madre si faltaba mucho para atravesarla y sacar a un americano por las piernas.

Algunos informes de sus primeros años la describen como una niña difícil, que con frecuencia debía ser castigada, con un interés sexual precoz y para nada reprimido al que se le agregaban desbordantes dosis de imaginación e inteligencia. A los cuatro años ya presentaba algunos síntomas traumáticos, por aquella época acostumbraba a retener –a veces durante casi dos semanas– las heces, clausurando en ocasiones el ano con su talón. Mientras estos episodios se repetían, la mirada de Sabina, quien se enferma con frecuencia, cobraba una importancia central en el ceñido escenario familiar. Por orden expresa del padre, en aquella casa se hablaba en determinados días de la semana solamente francés o alemán o alguna otra lengua extranjera, quien no cumplía con la consigna era castigado con rigor. Las golpizas eran moneda corriente en casa de los Spielrein, a veces las daba el padre y otras obligaba a sus hijos a que se castigaran entre ellos. Nalgas desnudas recibían golpes aleccionadores ante la mirada de todos. Años después y durante una sesión con Jung, Sabina recordará las suyas exhibidas y afiebradas cuando tenía once años. Fue otra paliza la que dejó también una huella indeleble, esta vez el desnudo era uno de sus hermanos y mientras recibía la paliza paterna, Sabina lo miraba y no dejaba de pensar en que había defecado en la mano de su padre. Con el tiempo, la defecación le cedió el paso a la masturbación compulsiva, manifestando además ideas obsesivas de índole sexual asociadas con la violencia, los castigos corporales y la comida –en algunos momentos dejó de comer en público–. Para Sabina, un elemento central del castigo era que su padre era un hombre y cuando ese hombre pegaba ella no podía dejar de masturbarse. En la adolescencia su estado desmejoró notoriamente y experimentaba continuos cambios de humor, pasaba de la risa al llanto, planeaba auto castigos, como aquella vez en la que se encerró en el sótano después de haberse regado con agua fría en pleno invierno, quería morir y lograr que esa muerte sea una verdadera tortura para sus padres. En otoño de 1901 –luego de un viaje curativo en el verano– su hermana Emilia contrae tifus y muere: “Más tarde me alejé de todo el mundo; fue aproximadamente en el sexto curso, después de la muerte de mi hermana pequeña; ahí comenzó mi enfermedad. Escapé a la soledad”.

 

La paciente perfecta 

 

En 17 de agosto de 1904, la internan en el Burghölzli, el centro de hospitalización psiquiátrica para pacientes con patología aguda, de la ciudad de Zurich. El doctor Jung formaba parte de aquel equipo médico desde el 1º de diciembre de 1900. Por aquellos años, los círculos profesionales consideraban de modo unánime que era conveniente realizar un tratamiento dentro de los límites del hospital. La experiencia había demostrado que en las neurastenias, sonambulismos y alucinaciones, como así también en los casos de histeria grave, la separación espacial de la familia producía una rápida disminución de la sintomatología. Con un poco más de 47 kilos, Sabina ingresó como paciente de primera clase. La decisión médica inicial fue darle de comer. Esa noche bautizó el encuentro entre C. G. Jung y Sabina Spielrein.

Jung, principal arquitecto del proceso tormentoso en el que se internará el psicoanálisis a comienzos del siglo XX, recibió a la nueva paciente como un símbolo de buenos augurios, la joven dama rusa era educada, inteligente, hablaba alemán y cumplía con todos los requisitos para experimentar el método freudiano. En las primeras notas de la historia clínica, Jung describió así a la familia de su nueva paciente: “su padre: nervioso, agotado, neurasténico, irascible a más no poder. La madre es ¡histérica!, nerviosa (al igual que la paciente), el primer hermano tiene llantos histéricos, el segundo padece tics y es iracundo y el más joven sufre, es histérico y comete injusticias para sufrir”. La relación de los padres con sus hijos aparece en la historia clínica como “tumultuosa” y “sadomasoquista”.

Durante los nueve meses en los que estuvo internada, la evolución de Sabina tuvo nomotéticos altibajos, era agresiva, dejaba de hablar, solía cambiar bruscamente de humor y empeoraba cuando recibía noticias familiares pero también empeoraba cuando, por algún motivo personal, el doctor Jung se ausentaba. El diagnóstico siempre fue el mismo: histeria. Jung ubicó los síntomas desde la primera infancia y señaló que incluso en la primera entrevista y en plena crisis de convulsiones se destacaban “miradas seductoras”.

Jung y el profesor Bleuler, director del Burghölzli desde 1898, estimularon los intereses científicos de Sabina. En una carta al señor Spielrein Bleuler le comenta: “Afortunadamente hemos logrado que la señorita Spilerein se interese por algunas actividades científicas; esto logra que se aparte durante horas de sus ocurrencias patológicas. A la mañana suele participar con gran interés en nuestras investigaciones sobre la enfermedad”. En otra carta, a mediados de octubre, le cuenta que “en la próxima primavera la señorita Spilerein ha decidido comenzar la carrera de Medicina en Zurich”.

Así fue, cuando Sabina recibió el alta y abandonó el hospital, comenzó a estudiar medicina en la Universidad de Zurich y continuó siendo paciente ambulatoria de Jung, la relación con su médico era cada vez más intensa. Sabina seguía visitando el hospital, compraba golosinas y las repartía entre los pacientes y los hijos de los médicos. Allí se encontraba con Jung y hacían juntos la visita médica. Jung alaba sus dotes científicas:

“Son cabezas como éstas las que hacen avanzar a la ciencia. Usted debe transformarse en psiquiatra”. La atracción era evidente y mutua, por lo tanto no era extraño ver que Emma Jung, en avanzado estado de embarazo, estuviera inquieta. La situación cada vez más crítica es llevada al lenguaje por Sabina a través del sueño: “Emma Jung se queja ante Sabina de que su marido es tremendamente despótico y que resulta muy difícil vivir con él”. Jung escucha este relato y cuando Sabina comienza a hablar de la igualdad y de la independencia espiritual de las mujeres, él le contesta que “ella es una excepción; su mujer, por el contrario, es una mujer común que se interesa únicamente por aquello que interesa al marido”.

Mientras tanto Jung y Freud mantenían una asidua correspondencia en la que Jung, si bien le comentaba pormenores médicos de la paciente obviamente nunca develaba la verdadera relación que los unía. Alejado de las intimidades amorosas Freud le escribe: “Lo agradable de su muchacha rusa es que estudia; las personas no cultivadas son demasiado opacas para nosotros en este momento” y describe el problema como “una fijación infantil en la libido (...) casos como éste, que se basan en una perversión reprimida, son especialmente bellos de descubrir”.

Jung y Sabina se encontraban en seminarios universitarios y se escribían cada vez con mayor frecuencia e intimidad sobre conceptos psicoanalíticos, pero también sobre el amor y sobre el deseo de un hijo de ambos: “El deseo de tener un niño, ¿no es sobre todo el deseo de poseerlo a usted al menos en versión pequeña? ¿No es sobre todo el deseo de regalarle algo especial?” Jung que no duda en entablar conversaciones sobre el niño en común, deberá tiempo después admitir ante Freud que ha creído y fomentado la posibilidad de concebir a Sigfrido, así llamaban al niño anhelado.

Sabina Spielrein fue la primera paciente tratada por Jung con el método analítico, aunque en ciertas notas y apuntes el método que Jung utiliza es un poco desconcertante, y la primera –por lo menos documentada– relación médico-paciente que se convirtió en una relación amorosa. Sabina esconde su dolor en la intimidad de su diario: “Mi amor (...) me acarreó exclusivamente dolor; existieron tan sólo unos instantes en que descansé en su pecho, en que podía olvidarlo todo”. Por su parte Jung escribe: “¡Mi querida! Me arrepiento de muchas cosas, me arrepiento de mi debilidad y maldigo el destino que me amenaza”.

En Zurich y Viena circulan rumores acerca de la vida amorosa de Jung que aseguraban que iba a abandonar a su mujer para casarse con una paciente. El médico no dudó en culpar a Sabina como la hacedora de propagar ese rumor y la deja. Ya en 1909 cuando la relación se hizo pública, ella dejó de ser su paciente y él presentó su renuncia en el hospital Burghölzli.

 

La colega al pie

 

Cuando Freud se entera, comienza a sostener una correspondencia con Sabina, y cuando le escribe a Jung utiliza el término “contratransferencia”, exhortándolo a “aprender de las dificultades para desplazar sus sentimientos”. Un año después, en el II Congreso Internacional de Psicoanálisis realizado en Nüremberg, fijó las bases sobre la técnica psicoanalítica señalando la necesidad de que el analista dominara y analizara sus propios sentimientos mientras que el analizado debía guardar abstinencia. En septiembre de 1911 Sabina se doctoró con el profesor Eugen Bleuler con la tesis “Sobre el contenido psicológico de un caso de esquizofrenia”; un mes después se afilia a la Sociedad Psicoanalítica de Viena. El miércoles 29 de noviembre de ese mismo año expuso ante Freud y los miembros de la sociedad su trabajo “La destrucción como causa del devenir”, allí Sabina afirmaba que “los conflictos fundamentales del psiquismo pasan por el enfrentamiento entre las pulsiones de autoconservación y las pulsiones sexuales y que el enfrentamiento se da entre la vida y la muerte” y señala además que “la destrucción es una pulsión mortífera que lucha incluso contra la pulsión sexual”. Al día siguiente Freud le escribe a Jung: “Fräulein Spilrein leyó ayer un capítulo de su ensayo, ‘La destrucción como causa del devenir’, seguido de un esclarecedor debate. Hice algunas objeciones a su método de abordar la mitología y las presenté en la discusión (...). Debo decirle que ella es bastante atractiva, muy inteligente y, por lo tanto, empiezo a comprender algunas cosas.”

La investigación psicoanalítica sobre el yo y el superyó todavía se encontraba en los inicios cuando se publicó en el Anuario de 1912 el trabajo de Sabina “La destrucción como causa del devenir”. En aquel momento el masoquismo se consideraba una perversión puramente sexual. Cuando dice en su trabajo que existen fuerzas impulsivas que ponen en movimiento nuestro aparato psíquico “sin preocuparse del bienestar o la aflicción del yo, que obtenemos “directamente placer en la desdicha y placer en el dolor”, está expresando una idea completamente nueva. Escribe Richebächer “Freud todavía no estaba preparado para aventurarse en estas especulaciones. No le cae en gracia el instinto de destrucción de Spielrein y cree que está condicionado por su persona.”

Entre 1912 y 1914 Spielrein publicó once contribuciones en revistas psicoanalíticas sobre sus observaciones y conversaciones con los niños y sus sueños.

Nueve años después de “La destrucción como causa del devenir” Freud publicó Más allá del principio del placer, allí, el nombre de Sabina aparece en una nota al pie de página: “En un trabajo muy rico en ideas, aunque para mí no del todo transparente, emprende Sabina Spielrein una parte de esta investigación y califica de ‘destructores’ a los componentes sádicos del instinto sexual”.  

Con más de 26 años, Sabina decidió que debía casarse y tener hijos. Así lo hizo y en junio de 1912 se casó con Pavel Scheftel, un hombre cinco años mayor, atractivo, judío devoto, médico y veterinario con quien tuvo dos hijas: Renata y Eva. ¿Había renunciado a la embriaguez amorosa wagneriana y a Sigfrido? No, nada de eso, embarazada de Renata, Sabina ya sentía deseos de dejar atrás ese matrimonio pero la ruptura llegaría años después. Al enterarse del enlace, Freud le escribe una carta de felicitaciones: “Querida doctora, ahora usted es una señora y esto significa que estará medio curada de su dependencia neurótica con respecto a Jung. De lo contrario, no se hubiera decidido a casarse. Ahora resta la otra mitad; la pregunta es qué sucederá con eso. Deseo que se cure completamente”.

Sabina fue para algunos el motivo del enfrentamiento y ruptura entre Jung y Freud, argumentando que “la dificultad de Jung para conceder un papel principal a la sexualidad en la etiología de las neurosis provenía de sus dificultades personales para manejarla en el contexto analítico, y que la relación entre Jung y Sabina Spielrein era un ejemplo de esta dificultad, como también ocurriría posteriormente con otro paciente, Toni Wolf”.  Después de una visita a Jung en Zurich, Freud vuelve espantado de él e intuye que –después de Adler– está a las puertas de otra ruptura inminente. Por su parte, Sabina, ferviente defensora de un psicoanálisis especializado en aspectos cognitivos y en lingüística, no romperá con ninguno de los dos aunque su posición no es bien vista dentro del circuito. No puede dejar a Freud con quien comparte un mismo interés científico pero tampoco puede romper definitivamente con Jung. 

Sin embargo y de modo inevitable, cada uno de ellos continuará trabajando por su lado, la delegación de Zurich se retira de la Asociación Psiconalítica Internacional, Freud respira aliviado y Sabina vuelve a Rusia donde trabaja en el Instituto Estatal de psicoanálisis de Moscú, da clases de psicología infantil en la universidad y ejerce como psicoanalista hasta que el psicoanálisis se prohíbe en la Unión Soviética de 1933.

Pero aún quedaba para ella lo peor: una sucesión de fusilamientos familiares, la persecución y la muerte. Entre el 11 y el 14 de agosto de 1942, Sabina y sus dos hijas fueron perseguidas, delatadas por unos vecinos y capturadas. Allí, junto a otros judíos, fueron asesinadas por el comando 10º de las SS bajo la dirección del comandante Heinz Seetzen.

Los maltratos paternos, las correspondencias cruzadas que involucraron a colegas y familiares (la madre de Sabina conocía los pormenores de la relación clandestina de su hija) y el genocidio alemán, delimitaron el contorno por el que apenas pudo moverse Sabina Spielrein. Sin embargo, nunca dejó de escribir y nunca se quedó quieta.

Cada uno de los trabajos que publicó son textos colonizadores, en “La hembra débil” (1920) analiza el gusto de las niñas por ser niños, mientras que los varones persisten en su prioridad masculina. En “El origen de las palabras ‘papá’ y ‘mamá’. Algunas consideraciones sobre diferentes estadios del desarrollo lingüístico” (1922) señalaba, en contra de la idea de Freud de defender el autismo primario del lactante, una “necesidad primaria de contacto y comunicación con el niño”.

Sabina supo deslizarse en una galería de enigmas y secretos que permiten a través del tiempo escuchar su voz.

 

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jueves 13 de noviembre de 2008

Cuando Lacan llegó a ser Lacan

Cuando Lacan llegó a ser Lacan [1]

Luis Tamayo

 

 

 

 

"Síganme, que yo los llevaré al fin del mundo"

      J. Lacan, 8 de julio de 1953 [2]

 

En el año 2001, en el que se cumplieron 100 del nacimiento y 20 de la muerte de Jacques Lacan, mucho se escribió en la prensa mundial ―y especialmente en la francesa― acerca de la vida y la obra del psicoanalista galo. [3] Los adjetivos no han faltado: de charLacan a "terapeuta genial"; de "fundador" a "destructor de instituciones"; de "comediante" a "renovador de la práctica analítica"; de "autor incomprensible meramente de moda" a "Góngora del psicoanálisis".

Reflexionemos acerca de su legado.

Werde was du bist!

No considero ocioso discurrir acerca del momento en el cual Lacan llegó a ser Lacan, el momento en el cual cumplió el imperativo pindárico retomado por Nietzsche y Heidegger, y dicho de la manera más impactante por Mefistófeles en el Fausto de Goethe: "Werde was du bist!" (¡llega a ser lo que eres!). El momento en el cual Lacan dejó de ser el psiquiatra brillante y didacta de la IPA, para convertirse en Lacan, el psicoanalista que revolucionó al freudismo, el hereje (pues obligó a volver a las fuentes del freudismo) que posibilitó que el psicoanálisis no se convirtiese en una "Ego psychology".

Intentaremos, por tanto, esclarecer el momento y las influencias que posibilitaron que Lacan llegase a ser Lacan. 

Resulta obvio que en la frase "cuando Lacan llegó a ser Lacan" ambos "Lacan" no remiten a la misma cuestión, pues el segundo "Lacan", por el sentido de la frase, contiene al menos un elemento extra, desapercibido pero esencial, ausente en el primer "Lacan". Por ello, para entender la frase, es necesario, previamente, comprender el campo semántico al cual remite ese segundo "Lacan".

Desde mi punto de vista, ello ya ha sido aclarado por J. Allouch en su Freud desplazado:

"Lacaniano tiene sin embargo aquí, en labios de Lacan [se refiere a la ocasión en la cual Lacan, en su "conferencia caraqueña, dijo a su auditorio: "ser lacanianos es asunto de ustedes, si quieren. En cuanto a mí, yo soy freudiano"], una significación precisa. El término no remite a la persona de Lacan sino a RSI, a ese singular tres que está todavía a la espera de ser reconocido en su estatuto de paradigma para el psicoanálisis." [4]  

Si "lacaniano" remite al ternario RSI, entonces Lacan llega a ser Lacan al poseer dicho ternario, al tener la "certidumbre anticipada" [5] del mismo, lo cual desplaza nuestra pregunta hacia las influencias que condujeron a Lacan a la posesión de dicho paradigma. 

La polifonía que originó RSI

El problema del origen del paradigma RSI ha sido ya profusamente estudiado. J.-P. Dreyfuss en su "SIR, une ouverture que rien ne laissait prévoir?" [6] refiere ocho "líneas melódicas" que confluyeron en el establecimiento del ternario, de esos "tres registros de la realidad humana", como los define Lacan. [7]

La primera línea melódica la denomina Aimée, es decir, considera básico, en la construcción del paradigma RSI, el encuentro de Lacan con Marguerite Anzieu, esa mujer enloquecida que atrajo hacia sí los reflectores cuando intentó asesinar a la, en esos años, famosa actriz Huguette exDuflós.

Lacan estudia las razones de Marguerite durante más de un año y publica su tesis De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad con base en su caso. Algunos historiadores han sostenido que la influencia de Marguerite es aún mayor. Para E. Roudinesco, por ejemplo, Aimée fue quien realmente fungió como analista de Lacan. [8] Desde mi punto de vista esa afirmación es exagerada, así como otra de la misma autora en la cual enuncia que Lacan nunca se dio cuenta del rol que había jugado Marguerite:

"Fue en su seminario, añade [Lacan], que tuvo la impresión de hacer un análisis. Nunca se dio cuenta del rol fundamental que jugó Marguerite en ese asunto." [9]  

Afirmar que Marguerite fue la analista de Lacan implica no haber entendido gran cosa de aquello que Lacan exige de la posición del analista, destitución subjetiva incluida. Aunque tal claridad no podemos exigírsela a una historiadora. Por otra parte, tampoco considero válida la afirmación de que Lacan no haya reconocido el rol que Marguerite jugó. El hecho mismo de que la nominase Aimée (Amada) en su tesis implica, como ha resaltado J. Allouch, una inversión de la transferencia, lo cual será clave en la concepción lacaniana de la posición del analista ante la transferencia psicótica. [10]  

La segunda línea melódica es Freud. J.-P. Dreyfuss indica que la importancia que cobró la obra de Freud para Lacan lo llevó a traducir el ensayo: "De algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad". Además, en esos años (1932), y ésta es la  tercera línea melódica, Lacan inicia un análisis con R. Löwenstein el cual si bien "no le enseñó gran cosa respecto a lo que había que hacer [en el análisis], ciertamente le enseñó mucho respecto a lo que no había que hacer, como lo atestiguan los permanentes ataques de Lacan contra la psicología del yo [la Ego psychology de Hartmann, Kris y Löwenstein]." [11]  

Años después de concluido tal análisis, Löwenstein dirá que Lacan era "inanalizable" (¿por qué diría eso? ¿para dejar constancia de su incapacidad como analista? ¿para mostrar que Lacan no circuló por la senda que él pretendía?) Parece que Lacan no se equivocó en el comentario hecho a C. Millot:

 "según él [Lacan], Löwenstein no fue suficientemente inteligente para analizarlo" [12] .  

En todo caso, el análisis con Löwenstein prefiguró eso que Lacan afirmará claramente después: que el analista debe saber que, al final de los análisis que conduzca, caerá como objeto a.  

Sin embargo, la pregunta ¿con quién hizo su análisis Lacan? sigue abierta. La solución que propone Roudinesco, que fue Aimée la analista de Lacan, pese a poseer cierta lógica ―Lacan, al nombrarla "Aimée", nombre propio que en tanto nombre común significa "amada", estaría indicando una dirección muy precisa de la transferencia: la de Lacan hacia ella, por lo cual, no sería demasiado aventurado sostener que ella fue la analista de Lacan. salvo si recordamos que hay dos tipos de transferencia, la neurótica, donde el flujo transferencial corre del analizante al analista, y la psicótica, donde es a la inversa, es decir, tal y como se presentó entre Lacan y Aimée. [13] La solución de Roudinesco no resuelve, por tanto, la cuestión. 

Quizás debamos, más bien, hacer caso de lo referido por el propio Lacan: "quien tuvo la impresión de hacer su análisis en su seminario". Eso permitiría entender el estilo tan peculiar desarrollado por Lacan en sus seminarios y nos posibilitaría, también, entender las razones que nos llevan a tomar la palabra en espacios de tal naturaleza. Como indicó P. Julien al inicio de su seminario del año 1984: "Cuando hablo estoy en posición de analizante". [14]  

La cuarta línea melódica la constituye el vínculo de Lacan con A. Kojève (Kojevnikov). Entre 1933 y 1936 Lacan asiste al seminario de Kojève sobre la Fenomenología del espíritu de G. W. F. Hegel en l'Ecole Pratique des Hautes Etudes. La influencia de tal seminario en el paradigma se deja ver con claridad en la parte final de la conferencia del 8 de julio de 1953, en la cual Lacan plantea, de una manera dialéctica, el desarrollo de un análisis: desde rS hasta rS.

Pero el encuentro de Lacan con el hegelianismo no se sostendrá: el artículo "Hegel et Freud: essai d'une confrontation interprétative" nunca se publicará [15] y, en los años 50, Lacan renunciará a toda vinculación de su pensamiento con  el de Hegel al afirmar "no soy hegeliano". El vínculo con Kojève, sin embargo permitirá a Lacan un acercamiento a los más importantes filósofos de su tiempo: Heidegger, Sartre, Merlau-Ponty. 

La quinta línea melódica la constituye Wallon. Sabemos que Lacan mantuvo un vínculo cercano con H. Wallon entre 1928 y 1932. El libro Los orígenes del carácter en el niño, publicado por Wallon en 1934, presenta, por lo menos en la terminología, una gran cercanía con la conferencia SIR. Sin embargo, no referían a la misma cuestión. Los vocablos: Simbólico, Imaginario y Real,  mencionados por el psicólogo, no son definidos a la manera lacaniana sino como meras "funciones psico-fisiológicas". [16]  

La sexta línea melódica es Heidegger. Al respecto afirma Dreyfuss:

"Ciertamente el préstamo [conceptual] tomado por Lacan a Heidegger es masivo: desde el punto de vista temático, desde el punto de vista del manejo de la lengua, desde el punto de vista del arte de lectura y del comentario del texto, desde el punto de vista de la función atribuía a la palabra, etc." [17]  

Dreyfuss en su estudio refiere, incluso, el comentario de H. Lang quien no duda en afirmar que Lacan se inspiró en Heidegger para inventar SIR:

"[.] el imaginario podría remitir a eso que Heidegger, en Sein und Zeit denomina das uneigentliche Dasein [el ser-ahí impropio][...] el simbólico podría remitir a lo que Heidegger dice, en la misma época, de la palabra (die Sprache) como eso que pone al hombre en relación (Beziehung) con su ser. En cuanto a este ser, Heidegger lo tematiza entonces bajo una forma que recuerda al real lacaniano de 1953." [18]  

A pesar de citar este comentario, Dreyfuss no hará acuerdo, acertadamente, me parece, con las afirmaciones de Lang. Reconoce que Lacan tenía un gran interés en Heidegger al grado de ocuparse en la traducción de su Logos de 1951-1953, pero eso no quiere decir que hubiese derivado de su lectura el paradigma RSI. Por mi parte puedo añadir que la propuesta de Lang para vincular RSI con los conceptos heideggerianos es en buena parte incorrecta. Si coloca en el lugar del Imaginario al Dasein impropio... ¿Dónde queda el Dasein propio? ¿En el Simbólico o en el Real? Por otra parte, es cierto que lo que Heidegger afirma respecto a die Sprache [el habla] está vinculado a lo que Lacan afirma sobre el Simbólico pero esto no quiere decir que Lacan lo hubiese derivado de Heidegger. Quizás el Simbólico de Lacan tenga mucho más que ver con les estructuras descubiertas por Levi-Strauss. Por último, afirmar que el Real es tematizado como el Sein [Ser] heideggeriano quizás no es incorrecto aunque el Ser, al interior de la obra del filósofo alemán, no establece un vínculo en el mismo nivel ni con el Dasein impropio ni con el habla.  

En resumen, considero que Lang hace equivaler tres nociones claramente articuladas en el paradigma lacaniano con tres nociones desvinculadas, y pertenecientes a ámbitos divergentes, de la concepción heideggeriana, lo cual es inaceptable. 

La séptima línea melódica Dreyfuss la denomina: Levi-Strauss. Desde su punto de vista su obra Las estructuras elementales del parentesco de 1947 y su artículo La eficacia simbólica de 1949, constituyeron también una influencia clave para la comprensión del simbólico, uno de los elementos del paradigma RSI. 

Por último, Dreyfuss coloca dos autores en la octava línea melódica: F. de Saussure y A. Koyré. Las referencias en el primer caso son claras: el Curso de lingüística general del primero permitirá a Lacan afinar varias de las cualidades del Simbólico. Respecto a Koyré la cuestión es menos clara dado que Lacan comienza a citarlo sólo hasta el Discurso de Roma [19] (1953). Su influencia quizás determinó, afirma Dreyfuss, "la explicación del real por lo imposible". [20]  

Otra línea melódica de esta polifonía, no mencionada por Dreyfuss, pero resaltada hace algunos años por R. Léthier, podría denominarse: la intervención de los surrealistas. Si Lacan afirmó que "la paranoia crítica de Dalí soy yo quién la inventó" a lo cual replicó el artista: "la tesis de Lacan, soy yo quien la escribió", [21] es posible que el vínculo entre ellos haya sido mucho más que una simple amistad. Parece que se influenciaron mutuamente. Y debemos recordar que la problematización de lo que se entiende por "realidad" fue la cuestión central del movimiento surrealista. 

Una última línea melódica nos la ofrece Dufour en su texto Lacan et le miroir sofranique de Boehme [22] , donde nos muestra un sostén insospechado del estadio del espejo de Lacan: [23] el pensamiento del Teólogo J. Böhme (1575-1624), el cual sostenía que Dios se reflejaba en su espejo, de lo cual Dufour deriva una cierta divinización del hombre, en el pensamiento de Lacan, por el hecho de subjetivarlo también ante el espejo. 

Recapitulemos. La manera precisa en la cual esta polifonía obró para constituir el aserto anticipado denominado paradigma RSI, siempre presentará un costado enigmático. Sin embargo podemos apreciar que Lacan, en la ocasión de la conferencia del 8 de julio de 1953, se encontraba iluminado por esa claridad.

Al afirmar esto no estoy haciendo equivalente a Lacan con aquellos que son denominados por la tradición como "iluminados": santones, fundadores de religiones o, incluso, filósofos [24] .  

Si podemos hablar de alguna "iluminación" en Lacan es la de la ausencia de toda iluminación, pues la caída del Sujeto supuesto Saber, característica de la posición del analista no permite el mantenimiento de entidades ontoteológicas que pudiesen enunciar lo verdadero de lo verdadero.

Cuando arribó RSI, Lacan fue deslumbrado por la claridad de dicho paradigma y ello lo lanzó a reconstruir el campo analítico convirtiéndose, en el mismo movimiento, en el Lacan que recordamos. 

La psicosis lacaniana

El 24 de noviembre de 1975 Lacan intervino al interior del Kanzer Seminar de la Universidad de Yale. En tal ocasión Lacan discurrió acerca de las razones que lo condujeron a tomar la senda del psicoanálisis. Y, en tal contexto, afirmó lo siguiente:

"La psicosis es un ensayo de rigor. En ese sentido yo diría que soy psicótico. Yo soy psicótico por la sola razón de que siempre traté de ser riguroso." [25]  

Y, tal y como narra F. Roustang, esa "psicosis" Lacan la contagiaba a sus discípulos:

"Más allá del efecto que provocaba su personalidad poco común [...] sus hallazgos de lenguaje [...] o su inmensa cultura [...] sus oyentes quedaban presos de admiración al escuchar su discurso totalizador, mezcla original de filosofía, matemáticas, lingüística, etnología, teología, etc. [...] En realidad, más que un discurso totalizador, era un discurso absorbente [...] La estrategia de Lacan [...] no consistía en mostrar explícitamente los lazos existentes entre las diferentes disciplinas [...] con la finalidad de construir una totalidad [...] sino de hacer creer que él poseía la clave de esta síntesis y de suscitar en su auditorio el deseo de trabajar de tiempo completo para descubrir esa clave". [26]  

Lacan, para decirlo en términos de Allouch, "paranoizaba" [27] a su auditorio, generaba sujetos "mordidos" [28] por el psicoanálisis. Lacan se colocaba en una posición tal que generaba ser colocado por sus discípulos en Sujeto supuesto Saber, es decir, posibilitaba la transferencia. 

Pero volvamos a la frase de Lacan. ¿Cómo entender la frase: "soy psicótico porque soy riguroso"? ¿Se trató de una simple provocación a su auditorio, una que los despertase de su sueño académico y los obligase, al menos, a reflexionar acerca de a quién habían invitado ―quizás para no invitarlo nunca más? Desde mi punto de vista la frase dice mucho más que eso. No se trata tampoco, simplemente, de una confesión clínica y, por tanto solicitud de terapia (hasta donde tengo entendido, nadie de su "entrenado" auditorio se ofreció para curarlo de su entonces reconocida patología). Quizás estamos mas cerca de la comprensión de la frase si la tomamos como una muestra del conocimiento que poseía Lacan, gracias a la práctica  del psicoanálisis, de la experiencia de la locura. Una locura que se revelaba, como indica la frase, "rigurosa". 

Ahora bien, ¿a qué campo semántico remite el vocablo "riguroso"? Según el Diccionario de la Real academia española (que en este punto no difiere de lo que el Robert refiere de los sentidos del término en la lengua gala), "riguroso" significa: áspero y acre; muy severo, cruel; estrecho, austero, rígido; extremo, duro de soportar. El sentido del vocablo "rigor" no está muy alejado: escrupulosa severidad; dureza en el trato; último término al cual pueden llegar las cosas; intensión, vehemencia; propiedad y precisión; rigidez. 

¿A qué sentido de "rigurosidad" se refería Lacan? ¿A la cuadratura y rigidez que impiden el pensar o a la escrupulosidad que es el fundamento de un pensar preciso? Quizás ambos sentidos no están separados por un abismo. Pero no quiero detenerme en esa cercanía sino en uno de los sentidos que presenta el vocablo: rigor es "el último término al cual pueden llegar las cosas". El rigor mortis  de los latinos no se refería solamente a la rigidez física de aquél transportado al Eliseo, sino al punto final de una existencia terrenal. Experiencia en la cual la rigidez ya no permitía el actuar. El rigor que Lacan se atribuye, así como el rigor mortis, remiten, desde mi punto de vista, a la posición del analista, ese al cual Lacan no cesó, a lo largo de su enseñanza, de reducir la participación. El analista, para Lacan, pasó de ser "artefacto" [29] , y "muerto en el Bridge" [30] ,  a aquél que "no pone en juego sus significantes" e incluso "no cede en relación a su deseo" y por ende "se calla en lugar de responder". [31]  

La posición del analista es la del muerto en función de su rigor, es una consecuencia y un efecto de su paso por el análisis, es decir, "de haber llevado las cosas al último término". El analista está en el lugar del muerto pues sabe muy bien del efecto terrible de la obra, eso que Lacan nos recuerda en la sesión del 27 de enero de 1960 del seminario La Ética del psicoanálisis:

"Toda obra es por sí misma nociva y sólo engendra las consecuencias que ella misma entraña". Idea que "se expresa formalmente en el Taoísmo [...] hasta el punto en que apenas está permitido servirse del vaso bajo la forma de una cuchara -la introducción de una cuchara en el mundo es ya fuente de todo un flujo de contradicciones dialécticas".  

El analista, y eso es lo que de la enseñanza de Lacan  quiero resaltar, está en el lugar del muerto para que la obra, el pecado, es decir,  aquello que puede constituirse en la pasión del otro, no deje de ser un patrimonio del analizante.

Por ello el analista habla a la manera que Heidegger atribuye a la voz de la conciencia, con ese silencio que posibilita la escucha de la voz ensordecedora que nos espeta al rostro la inhospitalidad del mundo, voz que posibilita, también, como señala Heidegger y realizó Lacan, llegar a ser lo que se es. [32]  

En resumen, considero que el paradigma RSI y la rigurosidad correspondiente constituyen el legado mayor de Lacan al psicoanálisis. Es tal paradigma el que permitió a Lacan restaurar los elementos ominosos del análisis, esos  que posibilitan que cada nueva experiencia analítica reitere de nuevo la de Freud. Sólo cuando se obra de esa manera, es decir, reiterando la experiencia de Freud, es que podemos considerar que se ha llevado a cabo una operación de transmisión del psicoanálisis. Sólo "llegando a ser Lacan" pudo Lacan hacerse psicoanalista.


[1] Una primera versión de este ensayo apareció en me cayó el veinte 4, Revista de l'école lacanienne de psychanalyse, México, 2001.

[2] Citado por: Anzieu, D., Une peau pour les pensées, Clancier-Guénaud, Paris, 1986, p. 49.

[3] Entre un alud de ensayos cabe mencionar el Dossier presentado por Lire en mayo de este año: "Etait-il un charLacan?" O el presentado en Liberation el 13 de abril del 2001 (con la participación, entre otros, de J.-B. Pontalis, A. Skolnikoff, P. Fédida y J. Sedat) así como el aparecido en Des Livres del mismo 13 de abril (con la participación de E. Roudinesco, P. Sollers y C. Millot). En nuestro país tampoco faltaron las notas periodísticas: En Reforma o La Jornada fueron entrevistados M. Pasternac y N. Braunstein y en el Proceso del 20 de mayo apareció el ensayo "Jacques Lacan a los ojos de Guiseppe Amara" firmado por R. Ponce.

[4] Allouch, J., "Freud desplazado" en Lacan-Freud ¿Qué relación?, Villicaña, México, 1987, p. 18.

[5] El carácter de "certidumbre anticipada" del ternario de la conferencia SIR del 8 de julio de 1953 queda probado en la confusa y claramente insuficiente respuesta que ofrece Lacan a S. Leclaire respecto a la naturaleza del tercer registro tematizado: el Real.

[6] En Littoral 22, Avril 1987, Erès, Paris, pp. 11-23.

[7] Dreyfuss, por cierto, acota el sentido de RSI al definirlos como "marco o coordenadas de la experiencia psicoanalítica", Ibidem, p. 12.

[8] Roudinesco, E., Lacan, Fayard, Paris, 1993, p. 102

[9] Ibidem, p. 108.

[10] Allouch, J., "Vous êtes au courant, il y a une transfert psychotique", en Littoral 21, Erès, Paris, Octobre 1986, pp. 89-110.

[11] J.-P. Dreyfuss, op. cit., p. 16.

[12] Roudinesco, E., op.cit.,p. 108.

[13] Cfr. Allouch. J., "Du transfert psychotique",  en Marguerite ou l'Aimée de Lacan, EPEL, Paris, 1990, cap. 14.

[14] Seminario "Transmisión en psicoanálisis y transmisión del texto freudiano", CIESS, México, 1984.

[15] Ibidem, p. 148.

[16] J.-P. Dreyfuss, op. cit. p. 16.

[17] Ibidem, p. 18.

[18] Ibidem, p. 18-19.

[19] Lacan, J., "Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis", en Escritos 1, SXXI, México, 1984.

[20] Ibidem, p. 20.

[21] Léthier, R., "la intervención de los surrealistas, un momento fecundo para la locura. La introducción de una disimetría entre Freud y Lacan", en Artefacto 4, école lacanienne de psychanalyse, México, septiembre de 1993, p. 100.

[22] Dufour, D.-R., Lacan et le miroir sofranique de Boehme, Cahiers de l'Unebévue, EPEL, Paris, 1998.

[23] Texto con el cual Lacan asegura su entrada en la historia del psicoanálisis al mostrar la función subjetivante de la imagen. Cfr. Lacan, J. Escritos 1, Op. Cit.

[24] D.-R. Dufour nos recuerda que la "iluminación" no es ajena a los filósofos: Pascal, Nietzsche y él mismo, fueron afectados por un estado tal. Cfr. Les mystères de la trinité, Gallimard, Paris,  1990, p. 15.

[25] Lacan, J., "Conférences et entretiens dans des universités nord-américaines" en Scilicet 6/7, Seuil, Paris, 1976, p. 9.

[26] Roustang, F., "L'illusion lacanienne" en Critique 456 (1985), citado por F. M. González, La guerra de las memorias, Plaza y Valdés/UNAM/UIA, México, 1998,  p. 226. Como puede apreciarse F. Roustang, " el desencantado de Lacan", realiza, a pesar de/gracias a su Hainamoration (amordio) respecto a Lacan, una apreciación correcta de la actividad transmisora del psicoanalista.

[27] Allouch, J., Paranoización, Ediciones psicoanalíticas de la letra, México, 1988.

[28] Allouch, J., "Perturbation dans Pernépsy" en Littoral 26, Érès, Toulouse, 1988, p. 81.

[29] Sosa, M. F., "Presentación" en Artefacto 1, México, marzo de 1990, p. V.

[30] Lacan, J., "Dirección de la cura" en Escritos 2, México, 1984, p. 569.

[31] Lacan, J., "Variantes de la cura tipo" en Escritos 1, México, 1984, p. 337.

[32] Según Heidegger sólo se puede llegar a ser lo que se es (werde was du bist!) cuando el Dasein se ha lanzado a su más peculiar "poder ser": "ser sí mismo". Heidegger, M., El ser y el tiempo, FCE, México, 1984, parágrafos 54-58.

 

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miércoles 15 de octubre de 2008

"Para mí, ser lacaniano es ser hiperfreudiano



Entrevista a François Leguil

 

Jorge Canteros: Como integrante del Comité Editor de la Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina y en función de acercar a nuestros colegas las ideas que le hemos escuchado transmitir a François Leguil en la última Jornada de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL): "Más allá de la neutralidad analítica", es que solicitamos esta entrevista para nuestra revista.

Están conmigo los colegas de la APA que asistieron a la jornada: Mirta Goldstein (miembro de la Comisión Directiva y coordinadora del Espacio Lacan), Eva Ponce De León (miembro de la Comisión Directiva y coordinadora de la Comisión de Intercambio Científico Internacional), Carlos Weisse (integrante del Instituto de Psicoanálisis "Ángel Garma" y del Espacio Lacan) y Claudia Borensztejn (secretaria del Comité Editor de la Revista de Psicoanálisis).

Comenzaremos con la siguiente pregunta: ¿qué nos puede decir sobre la relevancia de "Más allá de la neutralidad analítica" como para haber sido el tema convocante de la XII Jornadas Anuales de la EOL? ¿Qué relevancia toma ese "más allá" en este tiempo del psicoanálisis?

François Leguil: Me pareció que la importancia era justamente que la neutralidad siempre constituyó un tema de investigación, y a menudo de controversias, en toda la historia del psicoanálisis, desde que este término apareció, no en la obra de Freud, sino en la decisión de su traductor Strachey, una decisión que es contemporánea prácticamente de los primeros debates con Ferenczi y Rank, hasta el período actual en que también es objeto de una controversia en los Estados Unidos.

Este tema siempre estuvo en cuestión y en debate respecto de la ética y la técnica analítica. Me pareció que la originalidad del título de la Jornada de la EOL era plantear un más allá de esta cuestión de la neutralidad. No plantear la neutralidad como algo ya adquirido, recibido y no cuestionado, sino que, al decir más allá, pensar que en sí mismo este término no es suficiente.

Éste es un señalamiento de Lacan de los años cincuenta: él no pone de ningún modo en cuestión la neutralidad, pero dice que es insuficiente. Y lo que me pareció completamente interesante es que hay una corriente en los Estados Unidos, y yo he tomado especialmente el ejemplo de Owen Renik, que hoy promueve oficialmente la no neutralidad.

Esto me pareció una consecuencia relativamente comprensible de todos los desarrollos sobre la práctica de la contratransferencia. Renik da un paso más suponiendo que lo que es activo en la relación analista-analizante es la formalización y la confesión por parte del analista de sus sentimientos personales a propósito de los decires del paciente.

Tuve la impresión de que se trataba de un combate en el que se habían invertido los frentes. Donde finalmente, como lacaniano, me encontraba ante estos trabajos de Renik declarándome partidario del concepto de neutralidad.

Creo que la gran imposibilidad en la que estamos los lacanianos cuando debatimos con trabajos como los de Renik, es que nosotros pensamos que Lacan ha empujado su reflexión sobre el acto analítico, lo ha llevado hasta tal punto que nosotros rehusamos absolutamente la definición de la situación analítica como intersubjetividad. La neutralidad, tal como la comprendo en Lacan, es la eliminación en la cura de todo lo que puede tocar, afectar, al analista como sujeto. Esto, me parece, es la puesta de todos los conceptos lacanianos del fin de la cura, de la destitución subjetiva. El analista tiene que analizar todos los significantes, que en el fondo son todas las identificaciones, todo lo que nosotros llamamos los "significantes-amo", es decir, las principales Vorstellung representanz de su historia. Suponemos que él se ha desalienado y que entonces puede operar en las curas que va a dirigir, siendo capaz de hacer absolutamente abstracción de su situación subjetiva. En el fondo, Lacan plantea contra estos analistas que se oponen a la neutralidad que la única manera de reflexionar sobre una relación del psicoanálisis con la ciencia no es en el interior del concepto de intersubjetividad, sino en la capacidad del analista de ser absolutamente el analista que es necesario para cada sujeto, es decir, funcionar como objeto. Esto es, estar en el lugar de aquello que para el sujeto es el objeto como pulsión causa de su deseo. O sea, esta destitución subjetiva o, como él decía en los años cincuenta, este desencarnamiento total del yo, esta capacidad de ocupar el lugar del muerto –lo decía en referencia al juego del Bridge–, supone que la neutralidad es la anulación de todas las consideraciones en la cura que podrían venirle de su propia subjetividad. Yo comprendo este "más allá de la neutralidad" como la utilización por parte del analista de esta neutralidad para hacer algo en el acto analítico. Es decir, servirse de esta posición de neutralidad en lo que Freud llama el manejo de la transferencia.

Jorge Canteros: ¿Qué nos puede decir sobre la relevancia social que toma hoy este "más allá de la neutralidad analítica"?

François Leguil: Me parece que curiosamente este tema estaba totalmente en consonancia con la situación de la problemática del psicoanálisis en el mundo de hoy. En el fondo, la idea de Jacques-Alain Miller es que el malestar en la civilización, tal como Freud lo ha teorizado, no es el malestar en la civilización tal como lo podemos pensar hoy. El desarrollo de la técnica, producido por la ciencia, pone al sujeto moderno en una relación con el goce que ubica en un segundo plano la relación que él tiene con sus ideales. Jacques-Alain Miller dice, a veces de un modo un poco divertido, que nosotros, los hombres y las mujeres que tenemos más de 50 años, somos la última generación existencialista. Es decir, aquella que abordó su destino y su lugar en el mundo en un debate que se sitúa en el ámbito de los ideales. Y que, por el contrario, para el sujeto moderno hay una presión para una relación con el goce, que evidentemente no suprime su relación con los ideales, pero que, en el debate que él mantiene con la civilización y el mundo, esto no lo pone ya en primer plano. No podemos decir que el sujeto sufre hoy de una represión de las pulsiones por parte de la civilización como en 1929 o 1930, la fecha en que fue escrito El malestar en la cultura . El malestar hoy viene de un imperativo de goce, y esto nos recuerda que, para Lacan, el superyó es un imperativo de goce, que en el fondo el imperativo del superyó es: goza. Lo que es una interpretación correcta de Freud, porque éste señalaba que cuanto más el sujeto satisface a los deberes morales, más culpable se siente. Simplemente, Freud pensaba que había una colusión, una lucha, entre el superyó y el ello. Que en última instancia había espías del superyó en el ello que sabían que, cuanto más moral era el yo, más iba a estar sujeto a la tentación y, por lo tanto, a los sentimientos de culpabilidad. Es decir que ante esta nueva posición del sujeto frente al malestar de la civilización, la tentación de muchos analistas es, creo, predicar un retorno del padre; y de analistas lacanianos que en el fondo tratan de atrincherarse en la línea edípica y predicar un retorno a la ley y a las viejas prohibiciones. Es una posición simpática, pero los psicoanalistas saben que no tiene ningún futuro. El psicoanalista no puede ir contra algo que es la marcha de su tiempo. Esto se ve en Francia, por ejemplo, en el debate en relación con el matrimonio de los homosexuales, en relación con la concepción de niños tal como lo permite hoy la ciencia. Me parece que lo que puede hacer el psicoanalista es indicar el peligro, pero no puede frente a la sociedad producir un juicio de valor. Creo que en esto consiste su posición de neutralidad.

Recuerdo a una paciente que me decía que iba a hacer un matrimonio blanco, es decir que uno se casa en la municipalidad con alguien para poder hacer avanzar un expediente de naturalización. Por razones que estaban ligadas a todo lo que ella me había dicho de su historia y porque pensé que, si lo hacía, iba a ser clínicamente grave para ella, recuerdo que le dije (con tacto): "Si usted hace eso, yo detengo la cura inmediatamente". Y en la hora siguiente pude recibir a otro paciente y tomar exactamente una posición contraria o ninguna posición en absoluto. Es así como entiendo "el más allá de la neutralidad", es decir, el analista no está en contra de las leyes de la ciudad, tampoco está a favor, está en un punto que debe convenir a cada sujeto, no para que el sujeto haga cualquier cosa sino para que haga un psicoanálisis. Me parece muy importante que hoy el psicoanálisis defienda esta posición, pues creo que este más allá de la neutralidad es la reivindicación de independencia del psicoanalista: que no esté al servicio de ningún poder que le estipule cuánto tiempo debe hacer el tratamiento, en qué condiciones y, por qué no, de qué manera. Sabemos que hoy, en Francia, este peligro del sujetamiento del psicoanálisis y el psicoanalista está extremadamente presente.

Mirta Goldstein: En relación con este imperativo de goce, hay algunos autores en Francia, por ejemplo Czermak, que hablan de una psicosis social y de una "socialización", podríamos decirlo así, de las psicosis, por lo cual quisiera preguntarle acerca del estatuto actual de las psicosis.

François Leguil: Reconozco muy bien allí las preocupaciones de Marcel Charmat, quien estuvo siempre muy preocupado por esta extensión de la problemática de las psicosis.

Es un tema propio del siglo que acaba de concluir. Los psicoanalistas, por supuesto, tienen algo que decir al respecto. Lacan decía que el sujeto de la ciencia padece una forclusión a causa del discurso de la ciencia, es decir que ese sujeto está cada vez más excluido del saber que lo determina. Esto es absolutamente impactante en la medicina, pues le permite progresos fulgurantes: se pueden curar las peores enfermedades sin ninguna consideración acerca de lo que usted es como sujeto, y cada vez se lo podrá particularizar más como organismo individual; por ejemplo, la cuestión del genoma, que hace que cada vez su cuerpo sea más conocido por la ciencia y que menos estén ustedes allí como sujetos, es decir que cada vez más su cuerpo va a ser el otro absoluto. Esta psicotización del mundo no es de hoy. Me parece que es difícil considerar el crimen de la Segunda Guerra Mundial sin ver que esto ya estaba muy ampliamente puesto en marcha.

Dicho esto, creo que hay que cuidarse de asimilar totalmente esta psicosis del mundo con las psicosis tal como nosotros tenemos el deber de registrarlo en la estructura.

Cuando Marcel habla de la socialización de las psicosis, tengo la impresión de que uno no puede más que regocijarse de que el psicótico, que siempre está amenazado con estar fuera del discurso, pueda buscar un tipo de lazo social. Me parece que esto es lo que le proponemos con el psicoanálisis. Le proponemos un lazo social que Lacan llama el discurso analítico, no se lo trata como psicótico al modo en que lo hacen nuestros amigos psiquiatras, como sujeto disminuido con un handicap , sino que se lo trata como un sujeto. Me parece que respecto de las psicosis podemos formular lo que Freud le dice maravillosamente, en una carta, a una madre: "Me ha confiado su inquietud por su hijo, pero he adivinado que hay algo de lo que usted no me habló: de la posible homosexualidad de su hijo. Pero usted sabe cuántas obras maestras le debe la humanidad a los homosexuales". Tengo la impresión de que, después de Lacan, nosotros podemos decir a todos aquellos que tienen un juicio clasificatorio sobre las psicosis cuántas centenas de genios han hecho progresar la humanidad desde Jean Jacques Rousseau a Robert Schumann.

Carlos Weisse: Si la neutralidad no coincide con esto que Lacan llama el reverso del discurso del amo, es decir, el discurso del analista, y si esta dimensión del malestar actual está relacionada con el discurso del capitalismo, me parece que este último –pregunto– estaría más cerca no de las psicosis sino de la perversión, en el sentido de que en la producción tecnocientífica los productos capitalistas funcionan como objeto fetiche y empujan al goce.

François Leguil: Estoy completamente de acuerdo con lo que usted dice de la neutralidad como el revés del discurso analítico. El empuje al rasgo de perversión, la glorificación del rasgo de perversión, estoy siempre un poco alerta en relación con la utilización de nuestros conceptos como lo propone Czermak, que es perfectamente legítimo para interpretar el cuerpo social y una traslación sin reflexión a la clínica del sujeto. Yo encuentro cierto aroma epidemiológico.

Freud tenía esa idea completamente loca, desde 1896, de que el sujeto elige su estructura, cuando distingue la relación a la cosa del obsesivo, la histérica y el paranoico. Y Lacan, desde el final de su tesis, toma esta idea de Freud que es una aporía, es decir que el sujeto elige su estructura en el momento de inscripción en el Otro. Pero sin esta aporía no podríamos ejercer el psicoanálisis, es decir, no podríamos poner al sujeto en el lugar de ser responsable de lo que dice . Es una aporía metodológica fundadora. Lacan ha llegado a decir que el sujeto elige su sexo, y hemos visto en Sainte-Anne una enorme cantidad de transexualismo. Es muy evidente que no alcanza con tener una anatomía de hombre o de mujer para declararse hombre o mujer. Podemos pensar que, cuando Lacan dice que un sujeto sexual no se autoriza más que de sí mismo, quiere decir que su formulación de "un analista no se autoriza más que de sí mismo" es segunda en relación con aquélla. Esto debe impedirnos toda tentación epidemiologista. No es ilegítimo, pero tenemos que encontrar límites de prudencia conceptual.

Mirta Goldstein: Vuelvo, quizá reiteradamente, a su afirmación anterior respecto de que los ideales han pasado a segundo plano. Pregunto si esto no es también un efecto de cosmovisión.

François Leguil: Es una constatación, sin que tengamos que exhibirnos. Yo mismo, por relaciones privadas, tengo mucho contacto con personas jóvenes que hasta una fecha reciente debían hacer una elección de su carrera y de su vida afectiva. Tengo la suerte de estar cerca de muchos jóvenes y ver que su gran elección existencial no implica que ya no tengan ideales, sino que sus ideales, que están tan presentes como en nuestro tiempo, no parecen problematizar sus grandes orientaciones vitales. Los grandes temas de estar a favor o en contra de la revolución que han atravesado nuestra generación, los grandes debates sobre la justicia y el orden social, están absolutamente presentes para ellos, pero no parecen determinar su elección objetiva. No actúan de la misma manera.

Jorge Canteros: ¿Cómo se vincula esto con aquello que sostiene Jacques-Alain Miller acerca de que "el psicoanálisis habrá muerto" si no sabe defender su posición?

François Leguil: También es una idea freudiana. En todo caso es una profecía lacaniana que dice, de manera muy linda, que quizás un día el psicoanálisis deberá deponer las armas frente a los crecientes callejones sin salida de la civilización.

El ejercicio mismo de los psicoanalistas ha cambiado desde hace veinte años a esta parte. La demanda de análisis ya no se presenta de la misma forma. El Otro (con una O mayúscula), el otro de la ciudad, no determina los mismos efectos en el sujeto, y constatamos, por ejemplo, que hoy la búsqueda de la felicidad tiene quizá más lugar que la resolución de los grandes enigmas del destino y que, por lo tanto, el psicoanálisis no puede hacer la misma oferta que hacía a comienzos de los años sesenta o de los setenta, cuando yo, por ejemplo, comencé mi análisis . Me parece que si el psicoanálisis no vigila regularmente este salto en relación con esta modificación constante del otro, es decir, del discurso de la época, puede muy bien ser llevado a hacer una oferta que ya no corresponde a la demanda. Uno se quedó muy impresionado cuando Lacan dijo, en "La dirección de la cura", que él hacía mejor las cosas que el capitalista moderno, pues con la oferta creaba demanda. ¿Es que el hombre hubiera ido a un analista si su amigo no hubiera tenido La interpretación de los sueños en los estantes de su biblioteca? Es necesario que el psicoanálisis les sea ofrecido para que ustedes puedan aceptar la oferta.

¿Y cómo debe ser esta oferta? ¿Debe ser como la oferta publicitaria del capitalismo?

De ningún modo, por supuesto. Esto no impide que sea una oferta deseable. Si el psicoanalista no ofrece algo que sea deseable, si él no tiene una presentación de la verdad –puesto que es la verdad lo deseable en el psicoanálisis–, si no tiene una presentación de lo que Melanie Klein llama "el deber de la verdad" –creo que es enEnvidia y gratitud donde ella utiliza esta expresión–, el psicoanálisis habrá muerto; a la manera del cuento de Edgar Allan Poe, "Monsieur Valdemar", estará muerto sin saberlo.

Eva Ponce De León: Todos nosotros sabemos de la necesidad de autodestituirnos en nuestra función analítica, y sabemos que es un trabajo constante. Ahora bien, nosotros tendemos a esta autodestitución a pesar de saber que ella es del todo imposible, porque nuestro inconsciente y el propio atravesamiento por nuestro análisis nos dan cuenta de que hay algo más allá, partiendo de nuestro inconsciente que hace imposible del todo esta audestitución.

François Leguil: Voy a responderle con un chiste: uno puede cometer errores, pero no hay que vanagloriarse de ellos.

Nadie es perfecto, pero el control, hacer un nuevo análisis, la confrontación con los trabajos de nuestros colegas, sirven justamente para pensar toda esta escoria del acto analítico. A mí me gusta mucho el adjetivo que usted usa: "imposible". Evidentemente, porque la neutralidad perfecta es imposible, debemos tender hacia ella. Puesto que este imposible señala un real que es lo contrario del ideal.

Usted maneja como yo el concepto lacaniano de gran Otro y pequeño a . En la cura, el psicoanalista no es el representante del gran Otro, sino que debe ser más bien el semblante del objeto a . Y si la mayor parte del tiempo él no logra hacerlo, es allí donde se prueba su relación a la ciencia. Es porque uno no llega nunca, que siempre busca llegar a ello. No con el modo del ideal, sino con la búsqueda del acceso al modo científico.

Claudia Borensztejn: Me parece una contradicción realizar un acto analítico desde la neutralidad, porque el acto tiene algo de romper esta autodestitución que se relaciona con la abstinencia. En cierto sentido, la neutralidad y la abstinencia son un par inseparable, que parece contrario del acto del analista.

François Leguil: Para nada, creo que la neutralidad es la condición del acto analítico. El acto analítico es el más allá de la neutralidad. Para mí es la regla de abstinencia. Lo que hago activamente en una cura no puede estar justificado por mi goce.

Owen Renik habla de la abstinencia sexual, y eso es lo que en Francia llamamos el "argumento mazazo", que aplasta cualquier debate. Renik dice que hay que abstenerse de las relaciones sexuales con los analizantes, pero esto no tiene nada que ver con la ética analítica, sino con una ética ciudadana, de demócrata que no aprovecha la desigualdad de la situación.

No estoy para nada de acuerdo con este argumento que apunta a instalar el psicoanálisis en el discurso del amo. Es por razones analíticas que el analista debe abstenerse de cualquier goce. Hablar de relaciones sexuales me parece demasiado fácil. El primer goce del que el analista debe abstenerse absolutamente es de satisfacerse con el amor de transferencia. Hablemos de esto, no hablemos de cosas inverosímiles. Evidentemente, uno está a favor de las posiciones morales de Renik pero aplastan el debate.

El analista debe sostenerse constantemente al abrigo de su goce y la regla de abstinencia va mucho más allá de los actos que él tiene que hacer.

Por el contrario, cuando interviene en una cura, por ejemplo para darle un consejo a un paciente, o para desaconsejarle formalmente algo, él debe saber que lo tiene que hacer en el interés de la cura, pues si no lo hace, la cura está en peligro. Cuando ustedes, por ejemplo, tienen un sujeto del que sospechan una estructura psicótica, que se pone en una posición de desencadenamiento, deben intervenir. Porque si se desencadena la psicosis, ya no habrá análisis. El analista debe intervenir en lo que Freud llama: el manejo, la manipulación de la transferencia. En este campo yo diría que todo está permitido, siempre que sepa que lo ha hecho para tal sujeto.

Sin querer extenderme demasiado, tengo un ejemplo reciente: para preparar estas jornadas, le pedí a un analizante, quien está ya muy comprometido en nuestro medio y que por razones personales habla el castellano muy corrientemente, que me traduzca artículos hispanoamericanos sobre la neutralidad. No tengo la impresión, en absoluto, por lo que siguió en la cura, de haber roto con la regla de abstinencia y comprometido su cura. Muy por el contrario, y estoy seguro de que no ha estado interesado allí con mi goce porque en mi familia estoy rodeado de hispanohablantes, y que sólo tenía que pedírselo a alguno de mis allegados para que lo hiciera. Me parecía que pedírselo a alguien que estaba en análisis podría producir una báscula muy interesante en la transferencia.

Mirta Goldstein: Aportar demanda...

François Leguil: Sí, renacer la transferencia de otro modo, porque esta persona puede estar, por ejemplo, en un momento extremadamente doloroso de su vida, y entonces uno relanza el deseo.

¿Lo que yo hice está bien o mal? Es imposible responder a esta pregunta. Ésa es la apuesta de la neutralidad para Lacan. Él considera que el más allá del principio del placer es el más allá del bien. Que desde siempre la humanidad concibió su moral como un hedonismo que identifica el placer con el bien. Considera que "el más allá del principio del placer" de Freud es el más allá del lugar donde el sujeto disponía de las representaciones significantes del bien; es decir, más allá del principio del placer, ya no hay más Vorstellung representanz del placer y del bien.

Lacan toma el ejemplo de Edipo en el momento en que todo el sistema significante estalla, cuando Edipo se mutila de todas las maneras que ustedes ya conocen. Y muy curiosamente, sobre el final del seminario sobre la ética, se vuelve hacia la tradición judía del pecado y del juicio final. Quiere decir que una vez que ustedes ya no saben lo que es el bien, deben saber lo que es el mal. Y lo que no es mal, es neutro, puesto que ustedes están más allá del principio del placer que es el principio del bien. Ésa es la ética analítica. Es decir, yo no puedo pasearme delante de ustedes y afirmar: "Lo que hice está bien". Pero, por el contrario, puedo decirles: "Modestamente, me parece que no está mal". Creo que es una posición que merece ser llamada científica. Creo que no es una mala orientación.

Carlos Weisse: Esto implica, si no he entendido mal, algún tipo de cálculo previo con el cual el acto es un acto calculado. Entonces, ¿hay alguna garantía, porque nosotros podemos entender un acto adecuado a posteriori?

François Leguil: La garantía en el psicoanálisis es el psicoanalista, él es quien va a asumir las consecuencias de su acto puesto que cualquiera sea el cálculo uno no puede deducir todas las consecuencias. Cuando Lacan reflexiona sobre el acto analítico, toma el mismo ejemplo que el filósofo Bacon, el de César atravesando el Rubicón.

También recuerda el 18 de julio, que es la fecha de un célebre llamado del General De Gaulle. Un llamado a la resistencia en contra del nazismo.

La garantía del acto analítico es el analista. Es por eso que las instituciones analíticas deben, a su vez, garantizarlo, porque él puede ser insuficiente para estas garantías que deben garantizar el acto.

Mirta Goldstein: Ya que estamos en esto de lo calculable y lo incalculable, me gustaría trasladar esta aporía al problema del tiempo de la sesión y fundamentalmente a lo calculable e incalculable de la sesión corta.

François Leguil: Pero la sesión larga también es calculable e incalculable. La cuestión es cuáles son lo medios que uno se da para poder actuar en una cura sobre el tiempo de la sesión y sobre el tiempo entre las sesiones.

El acto analítico debe extender su responsabilidad a toda la semana del sujeto, y la cuestión de la interrupción de la sesión, para nosotros, debe hacerse sin cesar con este cálculo sobre el hecho que debe ser un momento de concluir para la sesión que termina, pero que debe abrir también el tiempo hacia la sesión siguiente.

No conozco ningún analista que tenga el valor de confesar que no se preocupa para nada en el tiempo que va desde la detención de una sesión hasta la sesión siguiente. En nuestro diálogo con ustedes, nuestra gran dificultad es que para nosotros el tiempo de la sesión no es un problema, porque la gente que viene a vernos acepta nuestro método. Y cuando no lo aceptan es porque nosotros emprendimos mal las cosas.

Puede haber un paciente que se queje de que una sesión fue muy corta y es porque pone allí el objeto de su queja o porque el analista se equivocó y hubiera hecho falta que la sesión fuera más larga. Pero, para nosotros, no neutralizar el tiempo es absolutamente central, no quitarle al analista el tiempo de la sesión como arma en su maniobra.

¿Por qué los pacientes aceptan eso? ¿Es que ustedes creen que hoy uno puede forzar a alguien a aceptarlo? Podemos decir que es porque están alienados en la transferencia. No es un argumento convincente. Mi idea es que aceptan porque esta manera que tenemos de hacer está tomada en el conjunto de nuestra manera de dirigir la cura, en una vigilancia diferente, en una técnica de la interpretación que está adaptada a esto. Y, además, invitamos a cada analista a tener la práctica que él es capaz de soportar y, sobre todo, la práctica que le conviene a cada paciente. Hay pacientes con quienes la práctica de la sesión corta sistemática puede ser una aberración.

Les diré que no he conocido al doctor Lacan en los libros, lo conocí en el hospital. Nunca he visto a alguien que escuchara y hablara a los pacientes como Lacan. O que eventualmente llegara un domingo a la mañana para hablar con ellos. Este hombre, que inventó las sesiones cortas, era perfectamente capaz de hablar dos o tres horas con sujetos que los psiquiatras no soportaban más que un cuarto de hora.

Mirta Goldstein: Ustedes, a determinados pacientes, ¿les explicitan el marco teórico y metodológico que utilizan?

François Leguil: Para mí, ser lacaniano es ser hiperfreudiano . Incluso es ser un freudiano radical. A mí lo que me sorprende es que cada vez hay menos pacientes que plantean esta cuestión. ¿Es esto un signo negativo, o positivo? ¿Es que esto marca la infiltración del psicoanálisis en la sociedad, o la indiferencia de la sociedad con relación al psicoanálisis? Depende de los días si uno es pesimista u optimista, lo que me impacta mucho es el acuerdo de los pacientes cuando uno ha tomado la posición que conviene en la transferencia, cuando uno se fabrica una actitud y un personaje especial para cada transferencia.

El psicoanálisis que uno debe dirigir es para un paciente, esto no quiere decir que uno puede hacer cualquier cosa, porque debemos probar que se trata del discurso analítico. Se trata de probar que nuestro sujeto está en el trabajo del desciframiento del inconciente y en el de modificaciones sobre la acción con el objeto. Si uno no se interesa en eso, entonces ya no es psicoanálisis. Pero si uno vela para que el sujeto esté siempre en el buen lugar para el desciframiento del inconciente, para hacer frente por su trabajo de elaboración a la repetición, para tratar de despejar la problemática pulsional, el sujeto acepta lo que nosotros proponemos, acepta que le dirijamos la cura.

Carlos Weisse: ¿Esto quiere decir que la interrupción de la sesión, el corte de la sesión, conceptualmente forma parte del sujeto supuesto saber?

François Leguil: No creo. El sujeto supuesto saber es lo que el analista es para el paciente. El analista debe registrar cuál es la particularidad de la relación transferencial, pero a la cuestión del tiempo de la sesión yo la pondría en una conceptualización del acto analítico.

Carlos Weisse: Tal vez no se entendió mi pregunta. Pregunto si en la aceptación del paciente está implicada la adjudicación al analista del tiempo de interrupción de la sesión.

François Leguil: La concepción del sujeto supuesto saber es lo que llamamos, desde el comienzo de esta entrevista, para nosotros, la transferencia. Todo lo que ocurre en una cura está referido a la transferencia. Si ustedes quieren, entonces, yo respondo con gusto que sí a su pregunta. Pero el analista no está allí para eternizar la neurosis de transferencia, está allí para asumirla cuando estalla y para vigilar que se destruya.

Mirta Goldstein: Yo quería referirme a lo que está sucediendo en estos momentos en la Argentina. Particularmente hace mucho tiempo que trabajo con la sesión corta, sin embargo, hay en estos momentos un efecto social, en los que demandan análisis, que podríamos llamar mal manejo del tiempo de la sesión, una especie de perversión del tiempo de la sesión corta. Es decir, en lugar de ser una sesión de tiempo contingentemente corto, se ha convertido en sesión corta en sí misma. Lo que crea una nueva serie estandarizada.

François Leguil: Si usted llama a eso una perversión, nuestro único modo de curar la perversión es hacerla pasar del lado del síntoma. Tratémosla como un síntoma y veamos qué se puede hacer. Me parece que la práctica de los controles y de la supervisión, y el intercambio de publicaciones de casos y trabajos, puede ser una primera manera de tratar ese síntoma.

Jorge Canteros: En su seminario, usted ha trabajado la expresión lacaniana de "lavar ‘la cosa’ de su falta", diferenciando en el final de análisis el sentimiento de culpabilidad y la culpa. ¿Podría usted referirse a eso? ¿Qué efectos piensa usted que esta elaboración puede tener sobre la situación de la sociedad actual?

François Leguil: Cuando Lacan trabaja en su seminario el sueño de la inyección de Irma, él dice que es un sueño de inocencia total y que la dimensión de la culpabilidad está muy presente en ese sueño. Cuando trato de distinguir el sentimiento de culpa de la culpa, me refiero a una enseñanza de Lacan que dice que siempre somos culpables de lo real a partir del momento en que no tenemos las representaciones del bien. Es decir, no podemos transportarnos en el otro para decir universalmente lo que está bien y lo que está mal. Tenemos que dar siempre cuenta de lo que hacemos en un horizonte de culpa posible.

Proponía simplemente decir que el psicoanálisis plantea no tratar esto por el sentimiento de culpa sino, por un trabajo constante por la insuficiencia de nuestra posición para tratar lo real, y me parece que esto se une al problema general del psicoanálisis en la ciudad. Pienso que cuando aparezca esta entrevista, la situación en Francia habrá cambiado mucho. Lo que nosotros conocemos actualmente como tentativa del legislador, es decir, la de hacer un feudalismo sobre el psicoanálisis por parte del poder administrativo, secundado por el poder médico y universitario, es un mal tratamiento de lo real. Debemos insurreccionar.

Mirta Goldstein: ¿Qué estrategia?

François Leguil: La estrategia no es la división de los psicoanalistas. No es la guerra entre los psicoanalistas. La guerra entre los psicoanalistas no hace más que servir al discurso del amo; o tomando una referencia de Lacan: sirve al amo para desacreditarnos, como se hacía en Esparta con los ilotas. Miren cómo gozan, si no somos capaces de ceder el goce del odio. Si nosotros no invertimos en la historia del psicoanálisis en ese sentido, si nosotros no sabemos hacer de nuestra división una confrontación de trabajo, entonces estamos muy mal y la cosa estará muy bien hecha para nosotros. Pero estará muy mal hecha para el sufrimiento de los sujetos. Y ésta es una estrategia: hacer una paz que no sea amorfa.

Jorge Canteros: Doctor François Leguil, le agradecemos mucho que nos haya brindado esta entrevista, consideramos muy valiosas todas las ideas que usted nos ha transmitido.

 

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viernes 10 de octubre de 2008

Reivindicando a Nietzsche

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